Trump, el papel higiénico y Florentino

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Mi amiga Verónica había ido a algún cine del este de Caracas a ver El día después de mañana (The day after tomorrow, 2004), de Roland Emmerich, película que recrea la formación de un sistema de tormentas que azota el hemisferio norte bajo la forma de tres superhuracanes, luego de lo cual inicia una nueva era glaciar.

Días después, Verónica me contó la escena que más le había impactado: con la tormenta a punto de producir sus efectos más devastadores, y persuadido de que no tiene otra alternativa, el Gobierno estadounidense decide evacuar a la población de los estados del sur del país, en un esfuerzo tardío por preservar la vida de la mayor cantidad de personas. El exceso de estadounidenses en busca de refugio pronto hace que colapse la frontera con México, por lo que el Gobierno mexicano decide cerrarla. Al borde de la desesperación, muchos estadounidenses deciden abandonar sus carros, rompen el alambrado y cruzan a pie el Río Grande. Un periodista reporta desde el lugar de los hechos: “Cambiando dramáticamente los roles de la inmigración ilegal, miles de personas están cruzando el Río Grande hacia México. Éste es un cuadro de desesperación y frustración. La gente abandonó sus autos, tomó sus pertenencias y está vadeando el río cruzando ilegalmente hacia México”. Justo en ese momento, varias personas en el cine comenzaron a gritar desesperadas, frustradas, conmovidas: “¡Vénganse para acá, aquí los recibimos con los brazos abiertos!”. Verónica no lo podía creer.

La película se estrenó en Venezuela el viernes 28 de mayo de 2004. Menos de una semana después, el jueves 3 de junio, Chávez hizo el memorable discurso en que convocó al pueblo venezolano a una nueva Batalla de Santa Inés, inspirándose en el poema Florentino y el Diablo, de Alberto Arvelo Torrealba, a su vez inspirado en la histórica batalla en la que resultara vencedor Ezequiel Zamora. Decía Chávez aquel día: “Porque ciertamente las fuerzas de la oposición, no me refiero a los venezolanos que militan en la oposición, sino esas élites de la oposición conspiradora, esa oposición política, esa oposición que incursionó por el golpismo, por el terrorismo… por el paramilitarismo más recientemente… tiene mucho de ese diablo, ese diablo que lanza un reto. Yo lo acepto… Y como yo además sé, y esto deben saberlo todos los venezolanos de buena voluntad, no sólo quienes me siguen, sino todos los venezolanos con cuatro dedos de frente, que esta batalla va mucho más allá de Venezuela, que la Administración de los Estados Unidos está detrás de estos dirigentes de oposición, y que el señor George W. Bush, sombrero negro, caballo negro y bandera negra, es el verdadero instigador… el verdadero planificador e impulsor de todos estos movimientos que han arremetido contra nosotros, pues le digo que yo acepto el reto, a nombre de la dignidad del pueblo venezolano”.

Por aquellos mismos días la Administración Bush intentaba controlar los daños que había provocado la película de Emmerich. En efecto, siendo estrenada en año electoral presidencial, El día después de mañana había avivado el debate sobre el calentamiento global, y muchos la interpretaron como una crítica contra un gobierno que había decidido retirarse del Protocolo de Kyoto. Bush llegó al extremo de prohibir a los científicos de la NASA que ofrecieran declaraciones sobre la película.

Trece años después, Estados Unidos está gobernado por un personaje que el 6 de noviembre de 2016, afirmó que el concepto de calentamiento global había sido creado por y para los chinos, para que la industria manufacturera estadounidense dejara de ser competitiva; el mismo que el 1 de junio de 2017, anunció la decisión de retirar a Estados Unidos del Acuerdo de París sobre cambio climático. Como sus predecesores, Bush y Obama, Trump ha hecho hasta lo indecible por derrotar a la democracia bolivariana.

Más recientemente, se ha visto en la obligación de lidiar con tres huracanes que, de manera sucesiva, han golpeado territorio estadounidense: Harvey, Irma y María, el último de los cuales tocó tierra en Puerto Rico la mañana del miércoles 20 de septiembre, dejando tras de sí cuantiosas pérdidas materiales (se estima que se necesitan 95 mil millones de dólares para su recuperación) y treinta y cuatro víctimas mortales, de acuerdo con el gobernador Ricardo Rosselló, quien afirmó que se trataba de una verdadera crisis humanitaria.

Dos semanas después, el martes 3 de octubre, arribó Trump a tierras puertorriqueñas, en medio del malestar del pueblo boricua que, además de padecer los estragos de María, resiente la lentitud del Gobierno estadounidense para prestarle auxilio. Sombrero negro, caballo negro y bandera negra, el presidente estadounidense hizo una parada en una iglesia ubicada en el sótano de un centro comercial de Guaynabo, para repartir alimentos y otros enseres. Entonces, ante la mirada atónita de algunos de los presentes, comenzó a lanzar paquetes de papel higiénico a los refugiados, imitando las formas de un improvisado jugador de baloncesto, como si de un juego se tratara.

Al tener noticias de aquella penosa circunstancia, recordé aquella escena que me contara Verónica, y me imaginé a las mismas personas, en alguna iglesia del este caraqueño, gritando: “¡Aquí aquí, aquí los recibimos con los brazos abiertos!”, y disputándose afanosamente, quizá conmovidas hasta el llanto, como si su vida dependiera de ello, las migajas del diablo.

Entonces me sentí afortunado de pertenecer a la raza de los Florentino, no importa todo el esfuerzo que el mismísimo diablo haga para hacernos sentir que vivimos en un infierno.

ETN/Reinaldo Iturriza

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