10D: Se abrieron dos grandes escenarios para las presidenciales 2018

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Foto: Supuesto Negado

El resultado electoral de las elecciones de alcaldes 2017 puede decir mucho de lo que será la contienda política del 2018. Ciertamente el arrase chavista de más de 300 alcaldías, de las 335, lo pone como favorito electoral para cualquier evento. Pero estos resultados no son suficiente para ganar unas presidenciales. Aquí tratamos de analizar la coyuntura de hoy y hacer proyecciones hacia las presidenciales 2018.

La maquinaria está aceitada y en su momento de mayor cohesión y eficiencia. Con un adversario severamente dividido y señalado, incluso por su voto duro, debido a sus actuaciones políticas de los últimos meses que giraron descontroladamente desde la violencia política a la mesa de diálogo, pasando por la abstención electoral. Es obvio que el chavismo parte de ganador y lejos de su adversario. Pero la situación en el 2018 tampoco le da tanta ventaja electoral. Revisemos.

Los votos de la maquinaria no son suficientes para ganar unas presidenciales. El voto chavista se ha venido pasmando. No ha logrado aumentar su caudal, sino que ha utilizado el juego táctico para ganar con poca cantidad de votos. Si quitamos el escenario electoral constituyente de 2017 (que es difícil medir, pues no había contendores y se realizó en medio de la violencia opositora), el resto de los resultados del PSUV rondan los 5 millones y medio desde las elecciones de la Asamblea Nacional (AN), en 2015 (donde perdió de manera abrumadora), en las de gobernadores de 2017 (donde ganó abrumadoramente) y en estas de alcaldías, donde con una cantidad similar arrasó, incluso, en feudos opositores. Todas ellas, derrotas y victorias, con cantidad similar de votos.

Las presidenciales de 2018 rondarán los 20 millones de potenciales electores, de los cuales, si se mantienen las tendencias y se producen en normalidad, votaría un 80%. Es decir, para ganar unas elecciones se requieren, mínimo, 9 o 10 millones de votos, casi un 40% más de lo que viene sacando el PSUV (a menos que existan más de dos opciones con fuerza electoral).

Pero para que la oposición se recomponga y consiga el resultado de las elecciones de la AN en 2015 tiene que lograr re-unificar sus tácticas y estrategias, coordinar sus discursos y prepararse para un adelanto electoral presidencial (posiblemente en abril), incluyendo un posible adelanto de las legislativas. Esto parece cuesta arriba para los opositores, a menos que aparezca un outsider que convoque a sus militantes duros que se han ido a la abstención, pero también a los chavistas que han votado por la oposición en 2013 y 2015 y que se espantaron con su actuación, sobre todo por la violencia política. Parece que la “campaña de aclamación” de Lorenzo Mendoza es un indicio de que el empresario será el candidato de la oposición.

Los votos de la maquinaria chavista podrían ser suficientes, si se impone la desconfianza de las bases opositoras y terminan absteniéndose, o peor aun, si terminan presentando varios candidatos. Nada de ello ha pasado nunca en el país. Lo que, de contado, le va a restar muchos votos a la oposición es la nueva migración masiva de venezolanos hacia el exterior, quienes circundan mayoritariamente en torno al voto opositor, pero no lo podrán hacer desde el extranjero. Pero una oposición coherente, con un outsider de candidato y utilizando el malestar como lo hizo en 2015 tiene mucho chance de ganar unas presidenciales en 2018.

Igual que las últimas elecciones, Maduro cuenta de manera exclusiva con la maquinaria. Fíjense que después de su casi empate con Capriles en el 2013, no se ha desplegado territorialmente, lo que debe hacerse en una campaña para entusiasmar votos no duros. El gobierno depende de la racionalidad de la maquinaria, de su cabal instrumentalización. No ha habido despliegue de carisma de parte del chavismo. Ya no se ven las visitas presidenciales a barrios y caseríos al estilo de Chávez. Cambia, no una estrategia política para ganar elecciones, sino la forma de gobierno de un régimen carismático basado en el líder, al triunfo de la maquinaria burocrática, en sentido político, no despectivo. Habrá que ver si esta proyección se mantiene en 2018 o hay un cambio de ritmo en la política chavista.
Está por verse si algún candidato opositor tiene la capacidad de imprimir carisma a estas elecciones, y con ello la capacidad de revivir la política como entusiasmo colectivo. Lo cierto es que si el chavismo repite el voto de las últimas tres elecciones en las que no ha tenido contendientes, tendrá muy difícil ganar unas presidenciales, a menos que la oposición termine dividiéndose y que la candidatura de Mendoza no pueda llevarse a cabo por su falta de compromiso político o por alguna inhabilitación política.

Así como el chavismo ya ha tenido posibilidades de recuperarse, la oposición lo ha hecho desde las cenizas en otras oportunidades. Hay que recordar que después de su peor derrota electoral y política en 2006, cuando venían de entregar la AN y las gobernaciones debido a su llamado a abstención, de manera sorpresiva pudo ganar al chavismo apenas un año después. Es obvio que van a intentar repetir esto, y si lo pueden hacer es porque el chavismo está confiado, al punto de querer adelantar las elecciones. Desde este punto de vista, la oposición tiene una fortaleza que habría que ver si sabe usar: sorprender a un gobierno que se siente victorioso.

Que el mapa de alcaldías haya quedado casi totalmente rojo (más de 300 de las 335), tampoco dice tanto para unas presidenciales. Hay que recordar cuando después del golpe de 1992, especialmente en el año 1995, Acción Democrática arrasó con la totalidad de gobernaciones, salvo una. Sin embargo, AD nunca volvería a ganar unas elecciones. No queremos decir que los resultados del 10 de diciembre no sean importantes, sino que no son suficiente, lo que puede agravarse con la situación económica. Sin embargo, este evento logrará sellar aun más la maquinaria, más aceitada y fortificada, pero no necesariamente más abarcante en cuanto a los potenciales votantes: el chavismo no ha crecido y parece no tener una estrategia clara para lograrlo.

Los fantasmas que recorren los campos de oposición y gobierno serán de especial importancia para el juego político 2018. Por parte del gobierno, el apogeo de la crisis económica (sumado a la debilidad de la oposición) lo hace aparecer como el responsable único de la situación agobiante y descontrolada. Pero a la oposición la persigue el fantasma de la violencia y las guarimbas, por lo cual su candidato debe estar lo más desligado posible de ese escenario.

ETN/ Ociel López

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